El arte de excusarse es probablemente tan antiguo como la presencia del género humano en la tierra. Tener a alguien cerca a quien echarle la culpa es una pillería que aprendimos todos en nuestra infancia: "Es que el profe me tiene manía". ¿Os suena? "Algo habrás hecho tú", solía decirme mi madre cuando me castigaban en el cole y yo alegaba mi inocencia. Y tengo que reconocer que sí, que siempre -o casi siempre- había hecho algo.
Ese 'defecto' del ser humano se extrapola a nuestras instituciones que son incapaces de reconocer sus errores y buscan desprestigiar a sus rivales para venderse ellos como los más capaces. La autocrítica, por supuesto, es un derroche de energía y tiempo que no merece la pena ni considerar. No hay que mostrar debilidad ante los votantes.
Pongamos un ejemplo: la alcaldía de una ciudad X, llamémosle "Zaradoba", trabaja duramente durante años para conseguir una designación internacional, llamémosle "Capital Europea de la Envidia 2016". Su proyecto, trabajado, estudiado y en el que ha destinado ingentes cantidades de dinero; supera los consecutivos obstáculos y se planta en la final. Y cómo no, tal y como acostumbra el género humano que habita la parte española de la península ibérica, se crece y se cree favorita para conseguir tal designación.
El respetable alcalde olvida que enfrente tiene cinco rivales detrás de las cuales hay otros cinco egos bien alimentados, con sus correspondientes proyectos bien trabajados y nutridos económicamente. Incomprensiblemente para él, su proyecto no es el elegido. Finalmente, "Zaraboda" queda última en esta final, y el alcalde y demás representantes y cabezas visibles del proyecto temen regresar a su ciudad y escuchar los reproches de los ciudadanos, esos que han visto cómo las arcas públicas de la alcaldía alimentaban un sueño fracasado. Ante el temor a su pregunta, preparan su respuesta que no es otra que atacar al primer clasificado. El alcalde y sus compinches caen en la conspiración, una afición tan bien ancestral del género humano, recurriendo así a la triquiñuela más infantil, falsa y absurda posible. El alcalde de "Zaraborda" se apasiona tanto en sus quejas que incluso olvida que por delante de su proyecto no hay uno, si no otras cuatro opciones. Su niña bonita ha quedado última y ni sabe, ni explica porqué.
Lo más triste del caso es que la historia es real como la vida misma. Lo más patético del caso es que, siempre basándose en argumentos políticos, piden al jurado que cambien su designación acusándole de haberse basado en argumentos políticos. Y es que si a la envidia y a la falta de autocrítica le sumas que la ciudad ganadora es vasca, la derrota es ya imposible de diregir para ellos.
Tristes paradojas que justifican porqué su amado país nunca consigue una designación internacional para acoger ningún tipo de evento relevante. Pero ya sabemos todos que aquí, cuando a España no le dan Mundiales, Juegos Olímpicos, o los diez puntos de Eurovisión es porque el resto del Mundo le tiene manía.
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