11/3/14

¿Quién me ha robado el invierno?

Estoy realmente indignada: ¡¡¡El mundo me debe un invierno!!! Porque a estas alturas del partido parece evidente que este largo otoño me ha robado mi estación favorita. Y puede que aún lleguen coletazos pero a mí ya nada me consuela. Este fin de semana se nos ha presentado ya una más que apacible -y apetecible- primavera. Hastiados de lluvias y vientos, este maldito otoño sin fin da paso a una estación que, éste año sí, llega fiel a su cita. También es verdad nos debían la primavera pasada... Y sí, apetece un sol de veinte grados, días algo más largos y sobre todo poder sacar la cabeza fuera de la capucha. Pero, oye, ¡¡¡no a costa de MI invierno!!!

Yo quiero frío. Quiero heladas. Quiero rocío. Quiero bufandas, guantes y abrigos abotonados hasta arriba. Quiero sentir el aire FRÍO en mi cara mientras paseo por la calle con la impagable sensación de llevar la ropa justa -ni más ni menos-. Quiero disfrutar de un chocolate caliente al sol de invierno. Quiero... ¡quiero nieve! Nieve en la calle, nieve en las montañas que nos rodean, nieve relativamente cerca...

Así que, después de un fin de semana casi veraniego ¡mañana estaré disfrutando de un paisaje blanco infinito! Me voy a la nieve a desquitarme, aunque me parece que allí quizás también me sobren capas de ropa.

Eso sí, mientras las bufandas me miran intactas desde el cajón donde las coloqué allá por el octubre pasado (¡sólo he usado una y cuento los días con los dedos de una mano!), este fin de semana les fui infiel pisando la arena de la playa. ¿Veis como mi carácter bipolar nunca falla? Y qué bonita luz tenía mi bahía...

Bahía Txingudi, Bidasoa. Hitzen Mundua

4/3/14

La noche del ratón

Cuando éramos pequeños mis padres quisieron que tanto mi hermano y yo cultiváramos cuerpo y alma, exploráramos todas nuestras posibilidades y buscáramos nuestra vocación. Y, por supuesto, que nos divirtiéramos. Así -entre los dos- hemos sido karatekas, tenistas, futbolistas, baloncestistas, músicos (violinistas y pianistas principalmente, pero también le hemos dado a la guitarra y al fagot), miembros de coro, actores, ceramistas, pintores y alguna que otra cosa más que no quiero o no puedo recordar. Confieso que lo mío era la música, lo de los deportes se me daba peor que mal. 

Ante nosotros un abanico de posibilidad que, cuánto menos, sirvió para que proliferara la creatividad. Y os aseguro que ha dado sus frutos. No de un modo destacable en mí porque, más allá de una imaginación sin límites, mi pereza desmedida apaga cualquier resquicio de creación. Pero al menos mi hermano (que de vago también tiene un poco, no todo van a ser flores) ha desarrollado la faceta creativa de la familia.

Cinéfilo desde que recuerdo, después de varios cortometrajes -alguno de esos raros de entender-, hace dos años que se embarcó en la locura de grabar su primera película. En un proyecto autofinanciado, todo su equipo ha logrado llegar a puerto sanos, salvos y orgullosos. Y hace poco nos contaban en la web que, en una mezcla de azar y talento, su película ha llegado a las manos de Shoreline Entertainment, una agencia de ventas estadounidense. Todo un notición. 

De la película, poco os puedo contar. Sus protagonistas madrugan para acudir a una reunión de trabajo para la que deben realizar un largo viaje en coche. Si queréis saber algo más, entrad a su web. Pero sobre todo, no olvidéis el nombre: La noche del ratón. 




25/2/14

Zu maite zaitudala...

Oinez zelai berdean, itsaso bazterrean, gailurrak ditut maite eta kresal usaina.
Itsas bazterreko ur gazi buztietan garbitzen dut arima ametsez betea.
Euskal Herri osoko mendi guztietan, etxean aurkitzen naiz, amaren besoetan.
Lurrean etzanda, goruntz begira, ni ohartzen naiz zu maite zaitudala. 


(Amaren besoetan / Sorotan Bele)




22/2/14

365 días

365 días desde que el tic, tac que comenzaba a sonar pesado y acelerado decidiera volar por los aires. Desde que la certeza se tornara en realidad y llenara mi vida de contradicción. Desde que lo bueno y lo malo se ocultaran al presente y sólo quedara ante mí aire puro, fe e incertidumbre. 

365 días desde que aprendí a aprender. 

365 días desde que las palabras me fallaron. Desde que lloré de tristeza mientras sonreía de felicidad. Desde que fui, aún más que nunca, mi prioridad. 

365 días desde que pasé de la amargura a la alegría, de ahí al dolor y luego al orgullo, después a la angustia y también la satisfacción. Al final, la impotencia dio paso a la mejor de las sonrisas. La más herida, la más trabajada, la más auténtica. 

365 días desde que remarqué una fecha. Desde que el calendario me hiciera, una vez más, esclava de mis recuerdos.

365 días desde que confirmé que merece la pena poner el corazón en cada etapa de tu vida. Incluso, o sobre todo, sabiendo que al final ni si quiera te devuelven los añicos.

1 año. 12 meses. 365 días para saber con certeza que si la vida diera marcha atrás volvería a posar, milimétricamente, mis suelas en las huellas que tracé. En las huellas que marqué en lo(s) poco(s) que aún queda de mí allí, de allí en mí. 

1 año, 12 de meses, 365 días desde que descubrí que si yo no me fallo a mí misma, nadie lo hará. 

4/2/14

Víctima del calendario

A pesar de que me bailen los números de algún que otro cumpleaños, lo cierto es que tengo una gran habilidad para esconder fechas en cualquier rincón de mi memoria. Soy esclava del calendario, de los días que me marcaron, los que me golpearon y me hicieron llorar, los que me hicieron avanzar, los que me hicieron reír y también enamorarme. Fechas que me recuerdan dónde estuve, qué decidí y en qué acerté. Simples efemérides de momentos que ya no volverán, de instantes que ojalá pudiera repetir en bucle o simples aniversarios que gustan celebrar. Es la tiranía de un calendario que me aferra a todo lo que me ha modelado, a lo que soy y a lo que nunca debo olvidar. Bendita esclavitud. 


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