A estas alturas del paseo a nadie se la habrá escapado ya que el ser humano es egoísta por naturaleza. Una virtud que nos hemos encargado de transferir a la sociedad en la que sobrevivimos día a día, adoctrinados bajo la ley del más fuerte. Un lastre que ha hecho fracasar la máxima del “divide y vencerás”, una filosofía que justifica el egoísmo.
Y es que a nadie se acordó, después de tanto dividir, que había que sumar para poder obtener el progreso que supondría la victoria. Dividir ha significado una porción menor de problema, y así nos ha parecido más fácil y cómodo a todos. “Que cada palo aguante su vela”, otra de los enunciados preferidos del egoísmo.
Con muy buena fe levantamos las trincheras. Delante de cada problema pusimos su solución. Pero a cada trinchera le dimos un color, una reivindicación, un lema, un himno y hasta un idioma propio. Y sin darnos cuenta, hemos convertido cada batalla en una nueva guerra.
Así, el feminismo ha pedido la exclusividad de la lucha contra el machismo, aunque ha abierto su campo de batalla para poner en el objetivo de mira a todos aquellos que defienden la ‘igualdad’. Un término que, por otra parte, parece haberse anclado en esa eterna lucha de sexos, al menos institucionalmente. Entretanto, los racistas señalan la inmigración como fuente moral y social de muchos de nuestros males, mientras éstos apelan a la dignificad del ser humano y al estado de bienestar para poder sobrevivir lejos de sus países. Pasadas las revoluciones, los sindicatos se aburrían y se metieron en política. Ahora su guerra es la de otros, y los trabajadores luchan solos contra Golliat. Y mientras, cómo no, la Iglesia continúa con su cruzada, recordándonos, cada día, su superioridad moral a la hora de emitir juicios y opiniones que, además, según afirman, deben ser tenidas en cuenta por los más altos organismos. Siempre, eso sí, de la mano de la hipocresía.
Y entre tanto número y tanto sinsentido, es imposible recopilar los éxitos, si es que los ha habido, para sumarlos y vencer. Lo que queda después de tanto individualismo es una soledad que hace más patente el fracaso total de la sociedad en su conjunto. Me pregunto qué hubiera pasado, si ante tanta trinchera, se hubiera antepuesto una idea más humana de las personas. Sin sexo, sin ideología, sin religión, sin capacidad económica, sin raza, sin idioma. Sólo personas, ante personas.
10/2/10
16/11/09
Dortoken mendean
"Zenbat literatura azaltzeko
beharbada erlojuek baino
mila bider gehiago balio dezakeela
badoan denborak"
Dortoken mendean / Berri Txarrak
3/11/09
El abrazo más dulce
Abrió los ojos a tiempo para ver los primeros rayos del sol colarse por la persiana de su cuarto. Un recuerdo dulce llegó a su mente, los últimos resquicios de un sueño que ya se había esfumado. Era aún temprano, demasiado, pero estaba demasiado exultante como para seguir en la cama durmiendo. Era el primer día que iba a verle en mucho tiempo y sintió el estómago encogerse de los nervios. Recuperó mentalmente las horas de conversaciones telefónicas, de chat, mails, mensajes y demás vías de comunicación que habían mantenido abiertas en este tiempo. No había duda. Sí, hoy era un día feliz.
Horas después su mirada vagaba por el paisaje que el autobús se empeñaba en dejar atrás. Su mente, en cambio, se había embarcado en un viaje en el tiempo. Aleatoriamente saltaba al pasado, al presente y al futuro... a corto y a largo plazo. Se había prometido a sí misma mantenerse firme y no derretirse en sus brazos nada más verle. Pero sabía que no era fuerte y no se daba ninguna opción a si misma. Si algún día había sido orgullosa ya lo había olvidado.
Para ser fieles a la realidad, la duda asoló a su mente. Con un tono de voz similar al de su madre le recordó que él ya le había fallado. Él no sabía de respeto y ella no sería capaz de enseñárselo. El móvil sonó y sus palabras llegaron a tiempo para darle la espalda a esas incómodas dudas. 'Sí, ya estoy llegando'.
Efectivamente, no fue capaz de evitarlo. Se derritió nada más verlo. Había guardado en su memoria cada pequeño detalle de esa mirada, de esa sonrisa y de esos brazos demasiado tiempo. Ahora ya no eran un simple recuerdo. Fue el abrazo más dulce de su vida. A la larga sería el más triste. Porque también fue el último.
Horas después su mirada vagaba por el paisaje que el autobús se empeñaba en dejar atrás. Su mente, en cambio, se había embarcado en un viaje en el tiempo. Aleatoriamente saltaba al pasado, al presente y al futuro... a corto y a largo plazo. Se había prometido a sí misma mantenerse firme y no derretirse en sus brazos nada más verle. Pero sabía que no era fuerte y no se daba ninguna opción a si misma. Si algún día había sido orgullosa ya lo había olvidado.
Para ser fieles a la realidad, la duda asoló a su mente. Con un tono de voz similar al de su madre le recordó que él ya le había fallado. Él no sabía de respeto y ella no sería capaz de enseñárselo. El móvil sonó y sus palabras llegaron a tiempo para darle la espalda a esas incómodas dudas. 'Sí, ya estoy llegando'.
Efectivamente, no fue capaz de evitarlo. Se derritió nada más verlo. Había guardado en su memoria cada pequeño detalle de esa mirada, de esa sonrisa y de esos brazos demasiado tiempo. Ahora ya no eran un simple recuerdo. Fue el abrazo más dulce de su vida. A la larga sería el más triste. Porque también fue el último.
10/8/09
De crecer nada
Veinticinco suenan a importantes. Llegan de pronto y no puedes más que sonreír, algo angustiada, cuando todo el mundo te recuerda que es el primer día del resto de tu vida. De esa en la que se supone que tienes que coger las riendas y crecer, ser adulta por fin.
Miras para otro lado. Allí donde viven tus mejores momentos, tus mejores sueños. Y ves unas cuantas manos. No has llegado sola a esos veinticinco y desde ese rincón, tus compañeros de viaje te gritan que nada de crecer por el momento. Queda mucho por vivir aún, mucho por soñar, por disfrutar, por llorar y por reír. ¿Quién dice que somos mayores?
Y empiezas a contar. Veinticinco años han dado para mucho. Tantas cosas que recordar... Y prefieres esperar a que pasen otros 365 días para comenzar a planear aventuras de altos vuelos. De momento, prefieres seguir en la tierra. Eso de crecer puede esperar, al menos, otro año más. Y que te quiten lo 'bailao'.
21/7/09
Un nuevo adiós
Los humanos tendemos a idealizar las cosas. No nos gusta lo que vivimos, lo que tenemos, lo que somos. Por eso aquello que no podemos abarcar se convierte en lo mejor. Un buen ejemplo de ello es la infancia, que tan cautivados tiene a toda la especie humana. Con su aureola de inocencia, felicidad perenne e ingenuidad; y de la mano de figuras como Peter Pan o los Reyes Magos (y sucedáneos), se ha ido configurando un mito en torno a la etapa más tierna de nuestras vidas, que ha acabado idealizada haciendo bueno el refrán de ‘cualquier tiempo pasado siempre fue mejor’.
Sin embargo, por mucho que nos guste creer lo contrario, de pequeños todos o casi todos quisimos crecer rápido y poder hacer ‘cosas de mayores’. Nos sentíamos atrapados en las miles de prohibiciones que nos imponían los adultos. Quedarse despiertos hasta tarde, no ir al cole o incluso ‘comer huevos’, eran nuestras aspiraciones. Obviamente, para poder hacerlas había que crecer. Y cada uno lo hizo a su manera.
Determinar la frontera entre niñez y adolescencia (o como quiera que se le llame ahora a la ‘edad del pavo’) es una tarea imposible. Afortunadamente es muy poca la gente que puede decir en qué momento comenzó a crecer (y digo afortunadamente porque la mayoría de los que sí pueden es por culpa de algún hecho traumático). Yo no soy una de ellas. Lo que sí recuerdo son algunos hechos aislados que me hicieron despertar y enterarme de que fuera de mi pequeño universo, lleno de color, había rincones llenos de horror. Sin necesidad de viajar lejos, además.
Uno de esos hechos fue el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un acto atroz que pareció, por unos días, semanas, meses incluso, cambiar el curso de los acontecimientos, cambiar la voluntad de políticos y sociedad para cambiar una realidad que dura ya demasiado. Una realidad con la que convivía desde pequeña, pero de la que no fui consciente hasta aquellos días de julio en los que lloré viendo la tele.
El segundo de esos hitos fue la lectura de ‘Las cenizas de Ángela’, una obra donde Frank McCourt recogió con sencillez y sinceridad los detalles de su triste infancia. Ávida lectora, mi biblioteca hasta aquel entonces estaba repleta de libros de aventuras e historietas de adolescentes. ‘Las cenizas de Ángela’ fue prácticamente mi bautismo en obras más serias o adultas, por definirlas de alguna manera. Cuando llegué al punto final de la narración, yo ya no era la misma. Un nudo en la garganta y en ocasiones, lágrimas, me acompañaron por aquel paseo por el horror, el desamparo, el hambre, la tristeza y el frío que había sido la infancia de McCourt y sus hermanos.
He tenido el gusto de leer muchos libros más desde entonces. No es que ‘Las cenizas de Ángela’ sea mi libro favorito. Pero sí uno de los más especiales para mí. Es, y siempre será, ese libro que me marcó como ningún otro lo puede hacer. Anoche me desperté con la noticia del fallecimiento de Frank McCourt, quien después de viajar a EE.UU. de joven, tal y como relata en sus obras, se fraguó, con paciencia y trabajo, una vida mucho mejor que la que había tenido. Si las palabras siempre se quedan huecas, mucho más cuando son para despedir a un escritor. Descanse en paz.
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